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De nuevo aquí, la soledad me encuentra frente a un computador, sin saber que hacer. La melancolía ya no es lo que era. La felicidad no me da mucho de donde cortar. Pero el mundo no es perfecto (no puede ser perfecto). Siempre habrá quién sufra, quién ría y quién muera. Es el orden natural de las cosas, y si alguien tiene que sufrir para que seamos felices ¿Lo vale?. Tal vez sí, tal vez no, pero como dije, las cosas no pueden ser de otra forma. La felicidad es como un pequeño parche la gente pone en sus rotas y pisoteadas almas para no desmoronarse. Pero el parche es pequeño, y quedan huecos enormes, huecos que no pueden ser surcidos o cosidos. La muerte de los que aman, las enfermedades terminales, la impotencia ante un mundo para el que no están preparados, todo eso y más es un peso que le estamos añadiendo a una bolsa rota.  Pero nunca es suficiente. La felicidad no aguantará por siempre. Habrá que parchar más y más ese corazón, esa alma, hasta el punto en que seamos solo parches. Los padres aquí, los hermanos por acá, nuestra pareja, nuestros hijos, un amigo... Y eventualmente veremos cada vez menos de nosotros. Seremos más y más ellos, trozos que tomamos prestados a otros para no morir. Y moriremos siendo nadie y siendo todos.
La rutina me aplasta ultimamente. Es sorprendente cómo se vuelve uno costumbrista, cómo las cosas que antes te gustaban no son tan disfrutables ahora, y aunque sea un proceso natural no deja de causar extrañeza. Se aburre uno tanto que quisiera hacer mucho más. Tomar algo de riesgos, salir de aventura, recorrer grandes distancias a pie o en bicicleta. ¿Pero a qué hora, animal social, si ya tienes ocupada tu vida en el trabajo? ¿Y que haces si ya formaste una familia? ¿Abandonarás la escuela para salir ireesponsablemente a vagar por allí?
Tal vez se pregunten por qué el IRRESPONSABLEMENTE con negritas. Es porque la sociedad te clasifica así si no quieres compartir tu tiempo con ella, si te revelas y quieres tener tu tiempo para gastarlo en lo que tu quieras, en resumen, si te niegas a ser utilizado. Por Dark Reed Un día, mucho tiempo hace, fue fabricado un violín. No era un violín cualquiera, pues estaba hecho de madera de sauce llorón, cortada de los pantanos lúgubres de la Tierra de los Muertos, en una noche de luna nueva. Lo talló un hechicero resentido, practicante de la nigromancia y poseedor de los secretos de las almas torturadas. Para hacer el cuello del instrumento usó madera de ataúd, fue de hueso el arco, y cabellos arrancados de vírgenes degolladas eran sus cuerdas, dorada una como la luz del día, roja otra como el fuego del infierno, castaña la tercera como la tierra mojada, y negra la última, del color del vacío donde las almas vagan sin poder regresar a este mundo y poder llegar al otro. Durante días trabajó este hechicero, y las noches se sucedían, cómplices mudas del trabajo de aquel hombre que igual capturaba la belleza de las lágrimas de amor, que los lamentos de las almas que no encontrarán la paz hasta el Día del Juicio. Dentro de él las ánimas entraban, depositando sus recuerdos, quedando atrapadas bajo la piel del mago, forzadas a transmitirle el amor, la soledad y la ira que aún contenían. Y fue una noche de luna llena que terminó el trabajo exterior y continuó con la última parte. Grabó ilegibles runas y pronunció palabras oscuras, llamando a los demonios, juntando a todas las almas de la Tierra de los Muertos, a aquellas que vagan aún sin encontrar descanso, y las encerró en ese violín. Tomó entonces una negra daga, forrada de piel de serpiente, y parándose frente al fuego eterno la enterró en su pecho, cayendo la sangre sobre el violín. De esta manera transfirió su negra alma al instrumento, y con ella los recuerdos y esencias de aquellas que bajo su piel había enterrado. Con sus últimas fuerzas tomó una brocha mojada en sangre y cubrió con ella enteramente el violín a modo de barniz, de contenedor de las emociones, y su último aliento se encargó de secarlo.  Entonces quiso la desgracia que, después de mucho tiempo, pasase por allí un bardo o juglar, perdido. Había ido a parar a aquél lugar siguiendo una liebre que habría de ser su cena, pero el animal se había refugiado dentro de un casa cuya podrida puerta habíale servido de entrada. Vio el hombre humo en la chimenea y, pensando que dentro podría pedir comida o donde pasar la noche, traspasó el umbral y hallóse con el cadáver seco y sin pudrir del brujo negro. Años hacía que las llamas ardían y no parecían bajar su intensidad. El polvo y las telarañas cubrían piso y paredes. Queriendo escapar de aquél lugar iba el desdichado a aproximarse a la puerta, cuando su mirada se topó con el violín. Rojo, brillante y de buena madera, resultaba cautivador. “Este pobre hombre ya no lo necesitará, y tal vez pueda con él procurarme unas monedas” pensó “el lugar está abandonado, y no creo que nadie lo eche en falta”. Así que lo guardó cuidadosamente en su morral de cuero y salió de aquél pantanal.  Al día siguiente, caminando por la campiña, divisó a lo lejos un pueblito, y pensando que podría allí ganarse unas monedas, dirigió sus pasos hacia él. Al llegar a la plaza sacó su flauta, tocando la alegre tonada que un pastor de cabras le enseñara, luego su arpa, comprada en un lejano puerto que en su juventud había visitado, y haciéndose acompañar por sus cuerdas entonó un cántico de alabanza a los dioses. Fue inútil, pues el territorio de ese pueblo pertenecía a un tirano ante el cual todo aquél que de sus tierras y pobladores recibiera beneficio debía pagar impuesto. Así pues, los dioses sólo pudieron oír la mitad de su melodía, siendo esta cortada por el sonido de la guardia del señor. Inútil fue su intención de cobrar algún dinero al bardo, pues el pobre nada poseía sino lo que encima llevaba, y así fue como el bardo fue a parar al sótano de la abadía mas próxima.  Triste por su suerte el bardo estaba, a más de hambriento, y al oír los cánticos de los monjes y las profundas notas del órgano lo invadió la tristeza, la soledad y el recuerdo de su pueblo, del cual había salido mucho tiempo atrás. Movido por el sentimiento, sacó de nuevo la flauta y volcó sus penas en ella. Las notas flotaban, tristes y cansadas, y con estas penas a cuestas llegaron a los oídos del abad, que encerrado en su celda meditaba sobre la pobreza del mundo mientras bebía de su Cáliz de oro. Las piedras de su anillo brillaban con la mortecina luz de la tarde, derramando luces sobre sus brocados y su capa de armiño púrpura. Y fue entonces que el abad, movido por la curiosidad, caminó por la abadía entera, pasando por las cocinas donde se horneaba el faisán para la cena, luego por la capilla, donde los marcos de oro de las pinturas multiplicaban la luz de los candelabros de plata y oro que, adornados con diamantes, iluminaban la imagen donde Jesucristo el humilde, cubierto solo con una manta, moría en la agonía de los pobres. Gente pobre que en la villa residía estaba también allí, cubiertos de sucios harapos, piojosos algunos, malolientes otros, y al oír el dulce sonido de la flauta creyeron que eran las trompetas de los ángeles que venían por fin, anunciando el fin de los azotes, el fin del hambre, la enfermedad y el sufrimiento. Y desta guisa quedaron algunos postrados frente al Cristo, y los otros de rodillas, y los que así no hicieron cayeron muertos en medio de la sala, con una sonrisa en sus labios.  Detúvose el abad a contemplarlos unos segundos, y continuó caminando por los sótanos, siguiendo el sonido de la flauta, hasta llegar al calabozo del bardo. Asomóse por la reja de la puerta, haciendo un sonido que alertó al bardo. “No os preocupéis, hijo, y seguid tocando” dijo con voz plácida y dulce. “No puedo, padre” se quejó aquél ”no puedo porque vacío está mi estómago, seca mi garganta y húmedos mis ojos de tanto llorar. Igual de húmeda es esta celda, y triste mi alma. No es modo ese de seguir tocando, porque ¿cómo cantar la belleza del Sol, cuando no se ven sino las penumbras?” Entonces el abad se puso serio, y enojado dijo “Tocarás, por que este mundo del que disfrutas fue creado por el Altísimo, y el don del que gozas te fue dado por Él para agradar a los que tus penas comparten. Si lo que quieres es salir de aquí, tendrás que tocar. Y no solo para mí, sino para el gobernante de estas tierras, y para el de las tierras vecinas, que está de visita.” Y habiendo dicho así salió de la celda, no sin antes prometer que le sería dada una audiencia con el gobernante. Una miserable cena le fue servida al anochecer, mientras olía en el aire el faisán de la cena del carcelero, y el dulce aroma del vino fue reemplazado por un agua amarga que le fue dada en un sucio vaso de madera. Solo el frío le sirvió de abrigo esa noche, y las ratas compartieron su cama.  A la mañana siguiente se le ofreció un baño caliente, un poco de pan con queso y una túnica de algodón, con la cual debía presentarse ante la corte. Luego fue conducido ante los señores, y frente a trono cantó, tocó la flauta y bailó. El tirano no quedó conforme, y entonces le pidió que compusiera una canción sobre su tierra. Y entonces el bardo dijo ”Señor, su reino no es digno siquiera de tres notas de mi flauta, pues está lleno de armados perros que, a la menor orden de esos buitres de negras plumas y blancos cuellos caen sobre el inocente y lo destrozan para hartarse de su sangre, mientras los buitres comen del fruto del trabajo de otros y guardan las partes menos buenas para sus perros y las mejores para halagar a la rata que los gobierna”. El tirano monta en cólera, roja tornase su cara y blancos sus puños, y por esa osadía y esa humillación manda dar cien azotes al bardo. Temerosa está la gente en la plaza, y al tiempo orgullosa de aquél que ha dicho lo que todos piensan pero nadie dice. Viene el verdugo (otro admirador, pero obligado por su deber al fin y al cabo), y tomando el látigo lo levanta en el aire. Al quinto golpe brota la sangre, y para el décimo hallábase ya el potro cubierto de ella. Apenas puede el pobre soportar los cien sin desmayarse, y entonces es liberado por el verdugo. Su viejo y ajado morral de cuero es depositado frente al él, pero no lo nota.  Abandonan todos la plaza entonces, a excepción de una mujer y su hija. Con cuidado lo levantan, lo llevan a su casa y curan sus heridas. Dos días permanece inconsciente. El tercer día despierta. El sol está en su cenit. Una pobre sopa hierve en una olla puesta al fuego. La niña juega afuera, mientras la mujer barre y tararea. Rubia es ella, y su cara está marcada por el tiempo, la tristeza y las desgracias. Aún así, sus ojos son distintos. En sus ojos está la esperanza y la alegría por la vida. Todo esto ve el bardo de un solo vistazo, pues para el alma de un artista un vistazo es suficiente. Cuando se recupera, emprende el viaje de nuevo. La mujer le da un poco de comida. No es mucha, pero es todo lo que pueden darle. La niña le ha dado una guirnalda de flores, un beso y una mirada de admiración.  Camina el hombre por la campiña, cazando lo que puede y vendiendo su arte a cambio de techo y comida. Bebe en los arroyos y duerme bajo las estrellas. La tierra se va volviendo más dura y áspera a medida que se aproxima a las montañas, y al cruzar una de ellas cae enfermo. La garganta le quema. Las piernas apenas le obedecen. Encuentra una cueva, prepara un fuego y se sienta sobre una roca. No quiere morir sin ver de nuevo su patria, pero habrá que resignarse. Hay luna llena.  En los cielos se ve una nube, y en esta nube está posado un ángel. Él sabe el origen del violín. Este violín no ha sido nunca tocado, sus cuerdas no han emitido sonido alguno (todavía), pero sabe que el bardo lo tocará esta noche. Hay regocijo también en los infiernos. El alma de este artista es apreciada en todos lados, y todos quieren hacerse con ella.  En efecto, el bardo saca cuidadosamente el violín de un estuche de cuero, y acomodándolo entre hombro y mentón se dispone a estrenarlo, cuando ve una sombra. Esta sombra se desvanece luego, pero él siente su aliento fétido junto al oído izquierdo. La voz le murmura al oído una sola palabra: “DOLOR”  Entonces surgen imágenes en su mente, y el aire se llena de una violenta y rápida melodía, cargada de odio, tristeza, añoranza y dolor. Y la música se oye a muchas leguas de distancia, y hace temblar la tierra y soplar el viento, y las almas atrapadas en el violín cantan con voces oscuras, y gritan y lloran y gruñen. Y la música hace llorar a la gente, y provoca la inquietud de los animales y hace que las piedras suelten lágrimas de las que se forman manantiales enteros. Y el corazón de la tierra se ablandó, y los castillos cayeron. La luna se puso del color de la sangre. Lobos invisibles aullaban a la distancia. Y las lágrimas caían de los ojos del artista, se acumulaban en sus mejillas y caían a sus pies. Entonces abrió la boca, y cantó. Cantó las desgracias y las penas, cantó el encierro y los azotes, cantó el odio a aquellos que se llenan de riquezas sin importarles el sino de los pobres. Y el cielo se llenó de negras nubes, y los rayos cayeron, y las piedras se rajaron y se abrió la tierra. El fuego comienza a salir de aquél abismo.  A punto está el hombre de terminar con sus males y arrojarse al infierno, cundo ve por el rabillo del ojo una brillante luz. La luz desapareció, pero sentía su aliento fresco junto al oído derecho. La voz murmura entonces una sola palabra: “Alegría”. Y el hombre detiene el arco a la mitad de un compás, y espera. Su mente le muestra imágenes de la niña, su casa, la guirnalda de flores, la tierra del artista, y entonces cambia el ritmo. Ahora es un canto alegre, y las voces del violín se apaciguan, y ahora cantan la alegría de la vida y la calidez del sol, y la voz del bardo se les une, y canta la frescura del agua y la tranquilidad del campo. Y su canción habla de las noches de luna en las que los amantes se reúnen bajo los árboles. Y las nubes se parten para dejar pasar a la luna llena, luminosa y bella, y los árboles florecen y los animales se acuestan a escucharlo en la fina hierba cubierta de rocío. Y flota la paz y la alegría en la montaña, y la voz del hombre y las voces del violín son lo único que se escucha. La fresca brisa arrastra las suaves y dulces notas hasta ciudades de los reinos vecinos, haciendo a los niños dormir tranquilos, a los hombres soñar con su hogar y a las jóvenes con sus enamorados.  Entonces de entre las nubes sale un rayo de luz que baña al bardo. Sus dolores se calman, la fiebre desaparece. Se siente rodeado de una calidez extraña. El violín empieza a brillar. Luces salen de su cubierta. Brilla como el oro, como los diamantes, como los espejos. La cubierta roja se vuelve azul. Las cuerdas hechas de cabello se parten en dos. El arco se siente pesado. El bardo no puede más y lo deja caer, junto con el violín. El violín entonces brilla con luz cegadora, se pone blanco. Sus contornos desaparecen. Las voces de las almas atrapadas empiezan a sonar, quedo primero, fuerte después y las almas brillan y vuelan hacia la luz en el cielo unidas en un bello cántico.  Al amanecer, un guardabosques encuentra al bardo, aún con vida. Sus piernas están heladas, sus manos rígidas y su piel azul. En sus labios amoratados solo se ve una sonrisa, y una lágrima congelada hay en sus ojos. Solo puede decir “Mi obra maestra”. Y expira.  Por Dark Reed Nunca construyas una prisión de donde no puedas escapar. Era su frase favorita, pero aún así la ignoró. Son raras las cosas que pasan en este pequeño esferoide de aleaciones minerales al que llamamos mundo. Se había pasado su vida encerrando personas en sus prisiones, cada una única y hecha a la medida. Cada una perfecta. Varias veces estuvo a punto de quedar encerrado, pero siempre había una puerta, un hueco, una llave maestra que le permitía salir.  Las más peligrosas fueron las primeras. La inexperiencia lo hacía tener errores que ahora consideraría ridículos, pequeños tropiezos en el camino a la celda perfecta. Solo atrapaba en ellas a aquellas personas a quienes consideraba dignas. Le parecía sucio el trabajo de los mercenarios, quienes atrapaban a quien fuera por una recompensa que les duraba tan poco tiempo. Él se encargaba personalmente...  Varias celdas se habían cerrado sobre sus presas, y un pequeño álbum le recordaba sus pasadas victorias. Muchas víctimas se sentían halagadas de haber sido atrapadas por él, pero la sonrisa no les duraba mucho. Él entendía por qué. A él mismo no le duraba mucho la satisfacción, y entonces tenía que buscar a alguien que llenara el hueco de la siguiente cárcel. Y ahora, él mismo encerrado la trampa que forjó.  Había estado tan emocionado... Una presa esquiva había reavivado la emoción de la cacería, recordándole aquellos momentos de su juventud, cuando se aventuraba entre las sombras de los callejones, entre los autos viejos y destartalados, buscando refugio en los quicios de las puertas con la única intención de tender la celada perfecta, el golpe definitivo o simplemente tantear el terreno para satisfacer esas ansias que sentía de llenar el vacío en aquella cárcel.  Había empezado a los diecisiete años, soslayado por una sociedad que le prohibía cazar en el papel, pero en la acción simplemente volteaba hacia otro lado. Si había problemas con la autoridad, solo tenía que esgrimir una de sus armas favoritas. Un billete de doscientos acallaba la ley, y casi nadie se resistía al dinero en esos tiempos. Ahora, a sus cuarenta años, no necesitaba ese tipo de trapicheos. Obtuvo un permiso de la sociedad para cazar personas. ¿Importa realmente cuantas salgan lastimadas? Si él tomaba lo que nadie quería, lo que el resto de la sociedad desechaba, ¿Podían realmente culparlo? Tal vez ellos hayan hecho lo mismo alguna vez. La cacería de personas había estado de moda algunos siglos atrás, practicada por la burguesía. En esos tiempos jóvenes y señoritas se disputaban las mejores presas.  De vez en cuando da una vuelta por sus forzados dominios, sintiéndose desesperado y extrañamente sonriente. Es la hora de pasar revista. Su carcelera le sonríe. Una mujer. Atrapado por una mujer, encerrado contra su voluntad en una prisión de la cuál el había construido los planos.  Ella había sido astuta. Evadía las trampas con gran facilidad, las carnadas que él le ponía no parecían ser de su interés, e incluso las persecuciones por la ciudad la aburrían.  Se escondía en donde le era a él más difícil actuar. Sabía que él cazaba entre las sombras. Lo había estudiado pacientemente sin ser observada, midiendo, calculando. Lo veía actuar en sus cacerías, siguiendo sus hazañas y llevando la misma cuenta de presas que él. Sabía, contados por amigos cercanos a él, los relatos de sus últimas cacerías, conocía que el número de víctimas ascendía a cerca de ciento doce, sabía que sus cotos de caza estaba entre las zonas del centro, y que la oscuridad lo cobijaba. Tal vez por eso se escondía entre la luz, donde él no sabía actuar, donde ella era ama y señora y él solo podía mirarla de lejos, escondido en las penumbras.  Pero todas las luces crean sombras. No pasó mucho tiempo antes de que él la midiera, sopesando su inteligencia y audacia, calculando su recompensa si lograba atraparla. El interés lo movía, y la fama que ella tenía de inatrapable y fugaz le deparaba una reputación sin límites.  Sus colegas se burlaban de él. Le contaban como la habían seguido, cómo la tentaban con joyas, con delitos varios, y su comida favorita: la carne humana. Es bien sabido que en algunas culturas un entretenimiento totalmente legal es devorarse unos a otros, y que las mujeres son las que más disfrutan masticando a sus congéneres. Las razones principales de estos actos, como la envidia, los celos y el simple desprecio no parecían tener cabida en el corazón de ella, pero aún así, la carne humana la tentaba. Y él quiso probar suerte. Se ganó su confianza, un pecado a la vez, cada vez más cerca de las sombras.  Es cerca de mediodía y ella se da otra vuelta. Le lleva un poco de alimento y sonriendo, cura las heridas que le ha causado durante el proceso de su captura. Y pensar que él había creado el instrumento de su perdición, la perfumada pero espinosa cárcel de la que ahora era huésped permanente. Los cimientos de esta construcción podían ser débiles al principio, pero al estudiar a la que habría de ser su huésped original decidió reforzarlos. Incluso había llegado a temerle un par de ocasiones, cuando ella lo hirió en un enfrentamiento, pero eso solo le sugería que ella era alguien digna de su respeto. Su sentencia fue vaga e incierta, justo como las que él había dictado a sus víctimas anteriores.  Al recordar cómo fue atrapado, envuelto en una red untada de miel, lo corroe un extraño sentimiento, mezcla de vergüenza y de orgullo. Un orgullo de jugador honorable, aquél que se sabe perdido y se dispone a pagar su apuesta. Ella lo reconforta, tratándolo con un cariño que hasta el momento él no conocía, pues había pasado su vida buscando otro tipo premios, enfrascado en la cacería por simple deporte, sin ver las implicaciones. Incluso se siente feliz de haber sido capturado por alguien tan hábil. Ya era tiempo.  Ella sabe tan bien como él que lo tiene en la palma de la mano, débil como un gato recién nacido, y está dispuesta a hacerle pagar el precio. Lo tiene prisionero en la cárcel de su propio corazón, el cuál él creía haber dominado, y ahora, a sus cuarenta, enamorado como un chiquillo. No existe la prisión perfecta, pero el rompecorazones más grande del mundo ha logrado fabricarse una a la medida, y encima, se ha tragado la llave. Por Dark Reed Estoy enamorado de un ángel que no vuela, tan ciego y sordo como yo. Ha caído de la gracia de su padre, aquél que perdonó a una humanidad pecadora no pudo comprender su pequeño “error”. Quiso ser más hermosa que Dios, y trató de fabricar la vida. Su castigo fue ser expulsada del Edén donde vivía, y lanzada a un mundo frío y hostil, donde fue tentada por demonios y pecado. La vida que había creado llenó por un tiempo su vida de luz, pero se extinguió poco después debido a su naturaleza mortal, que no había recibido un soplo divino. Trató en vano de revivirla, pero la fuerza que antes poseía ya no estaba con ella. Así pues, vagó sola por el mundo, sufriendo. Su sufrimiento fue tan insoportable que pensó en volver al cielo. La luz del Sol sería su testigo, y un barranco cercano le permitiría alzar el vuelo. Su inmolación fue frustrada por un montón de hojas sobre las que aterrizó. Su vida no ha sido sencilla. Trata de alimentarse como puede, sufriendo por un ala rota. La otra está completa, pero tan falta de uso que ya no recuerda como moverla.  Así vaga por la vida, llorando en el hombro de algún amigo, comiendo de donde puede obtener aquello que necesita. La conocí un octubre, y la melancolía la mataba. Pensaba en volver al barranco. La alimenté, le di un hombro donde llorar, y se alejó entonces. Trataba de encontrar el poder para volver al Edén. Quisiera decir que volverá, más no tengo la seguridad, sino una leve esperanza.  Solo me quedó de ella una pluma, pequeña, pero del blanco más puro. Mi único consuelo es ver ese pequeño recuerdo suyo. Tal vez vaya a buscarla al barranco, pero mientas tanto solo puedo ver pasar en tiempo a través de mi ventana. Y esperar...  Amargo es el sabor de una vida que se desperdicia Que va al negro espacio, vacío. Barriendo con todo, yendo a la inmundicia Tiene de testigo solo al ojo mío
Amargo el sabor de nulas fuertes risas De amorosos brazos, que no lo sostendrán No hay preocupaciones, y tampoco prisas Ni esas esperanzas que no se cumplirán
Ella apenas floreciendo Y yo despertando ya a la vida Los dos tan jóvenes y ya muriendo
Si me ve hacia abajo ella se vuelve loca Y no me levanto hasta verla tendida Y entonces limpio el rojo de mi boca By Dark Reed
El hombre se arrodillò ante la mujer. Era joven e inexperto, pero tenìa tesòn y sabìa lo que querìa:
- Quiero el poder. Quiero dejar de vivir en esta triste realidad, esta absurda mezcla de verdades y de aburridas personas. Son gente que sufre. Piensan demasiado, quiero aliviarlas.
La mujer, sin pestañear siquiera, respondiò con esa voz cansina y grave que da la experiencia:
- No. Esto ya sucediò una vez, todo el mundo lo lamentaba y tuvimos que cortarlo de raìz... - Y estamos mejor ahora? No... Vivimos hundidos en la amargura, pensando solo en nosotros. No podemos quitarnos de encima la carga que tenemos sobre nuestras cabezas, y que nuestros pensamientos van agrandando segundo a segundo. Si pudieramos sòlo dejar de pensar... Si pudieramos volver a ser... - ...Bestias? -interrumpiò la anciana, cuyo cuerpo habìa resistido muchas nevadas, ahora instaladas en lo alto de su cabeza.- ¿Volver al estado primigenio? - Al jardìn del Edèn de las leyendas. Al dejar de pensar voluntariamente, estarìamos hurgando en nuestras gargantas, vomitarìamos el fruto del Àrbol de la Ciencia, del Bien y del Mal. Intentemoslo siquiera...
La anciana asintiò amargamente, rindiendose ante la idea, sabedora que confiaba el destino de la humanidad en una persona. Èl sintiò por primera vez que tenìa el control en sus manos. Rapidamente oprimió el botón rojo, y todos los televisores del mundo se encendieron. Un satélite se puso enlinea y vomitó transmisiones al mundo. Los receptores, antes silentes, descargaban comedias y telenovelas. Un mar de ojos voltearon a los receptores. Y comenzó la caída... Pero necesito ayuda con esta página, así que proximamente verán en esta página a un amígo mío llamado Reaper, con una serie de su autoría llamada "Diálogo de un Hombre y un Tigre".
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